14 febrero 2013: Un enero helado en Israel

Ya tenemos resultado de las elecciones en Israel. El perdedor es Binyamin Netanyahu.

Luca Gervasoni // Poco antes de que comenzara la campaña electoral en Israel, el partido del Primer Ministro, Binyamin Netanyahu, el nacionalista y derechista Likud, anunció que se fusionaba con la lista de Avigdor Lieberman, el partido ultra-nacionalista y ultra-derechista Israel Beytenu. Esto les hacía parecer invencibles. Nadie dudaba de que ganarían y que ganarían por mucho. Todas las encuestas les daban por vencedores y preveían que superarían los 42 escaños que tenían en el parlamento saliente. «Necesito una mayoría excepcional para gobernar este país», decía Bibi Netanyahu. Los votantes le respondieron con una bofetada en la cara.

Obtuvo 31 escaños. Su eslogan de campaña era ‘Un líder fuerte, por un Israel fuerte’, pero perdió un cuarto de su fuerza. El líder del segundo partido más votado, el moderado y ex presentador de televisión Ya’ir Lapid, ha anunciado que no tiene ninguna intención de ser el Primer Ministro. Todo indica que Bibi volverá al poder, pero será una sombra del hombre fuerte que esperaba ser. Políticamente se acerca a su final.

Las lecciones aprendidas

El bloque de partidos religiosos y de derechas ha perdido, pero el bloque de centro-izquierda no ha ganado. Podemos simplificar en dos números: la derecha-religiosa ha obtenido sesenta y un escaños y los partidos árabes, de centro y de izquierdas, cincuenta y nueve. Se podría argumentar que un solo escaño hubiera marcado una gran diferencia. Pero la verdad es que no existe un proyecto de Israel alternativo al que propone el nacionalismo religioso. Los partidos del centro-izquierda no han conseguido ofrecer un candidato creíble para Primer Ministro, ni un partido de gobierno con una solución sólida y profunda a los más básicos problemas de Israel.

Para crear esta fuerza es absolutamente imprescindible integrar a los ciudadanos palestinos con derecho a voto en el proceso político. A pesar de ser el 20% de la población, su representación política siempre ha sido significativamente inferior. Su capacidad de influir en la agenda de decisiones es insignificante. Lo mismo ocurre con la opinión pública. Las televisiones israelíes enviaron corresponsales a las sedes de todos los partidos judíos para retransmitir las elecciones, incluso a las de los partidos que no lograron ni el 2% mínimo de representación. Pero ni un solo corresponsal cubrió las opiniones de los partidos palestinos. Existe un acuerdo tácito de que los estigmatiza: ellos no son parte de Israel.

Uno puede esperar que los partidos que controlan el poder, quieran mantener esta realidad. Lieberman, que ocupará un cargo destacado en el próximo ejecutivo, ha declarado: «Los representantes políticos palestinos en el Parlamento de Israel son colaboradores del terrorismo. Al término de la segunda Guerra Mundial, los colaboradores de los nazis fueron ejecutados. Ahora tenemos que hacer lo mismo con colaboracionistas dentro de nuestro parlamento «. Pero, ¿es la izquierda compatible con este racismo extremo? Manteniendo a los árabes fuera del juego político, la izquierda se castra a sí misma. Mientras no exista un lenguaje de la izquierda común para palestinos e israelíes, que ofrezca una visión integradora en torno al concepto de justicia social, es probable que no vuelvan al poder. Será eso, o el apartheid.

Por otra parte, está la cuestión de cómo pilotar una agenda dirigida a lograr la Paz y mantener los apoyos internacionales actuales (cada vez más menguantes). Más de 500 palestinos han sido asesinados en acciones del ejército de Israel a lo largo del 2012. El pasado noviembre se vivió una de las peores confrontaciones armadas en la Franja de Gaza. Palestina ha recibido un apoyo abrumador para ser reconocida parcialmente como estado en contra de las opiniones y esfuerzos de Israel y Estados Unidos. Después de leer estos números y de más de 60 años de conflictos, se esperaría que las cuestiones de la Paz y la guerra hayan absorbido gran parte del debate electoral en Israel. Pues no. Este debate ha sido el gran ausente en estas elecciones. En Tel Aviv no se hablaba de paz, tan sólo sonaban los tambores de guerra.

¿Y qué tambores sonaban? Si se hace efectiva la hoja de ruta de la mayoría del Parlamento Israelí, a lo largo de los próximos cuatro años, se anexarán a Israel todos los Territorios Palestinos. Sus ciudadanos pueden ser relegados en reservas indígenas, las colonias judías en territorio palestino pueden seguir creciendo, una intifada violenta puede volver a estallar, Israel puede quedar aislada internacionalmente. Incluso, el indestructible apoyo de Estados Unidos puede ir diluyéndose.

¿Y qué reacción ha habido en estas propuestas? Lejos de crear un debate entre visiones enfrentadas, el debate se ha parecido más a una carrera de extremismos. Los partidos han competido para ver quién se posicionaba más claramente en contra de avanzar hacia la paz. Quizá quien fue más lejos fue el candidato estrella Naftali Bennet, líder del partido de los colonos, que ha pasado de 7 a 12 escaños en el actual parlamento. «Haré todo lo que esté en mi poder para evitar que los palestinos tengan un estado. No debemos hablar de negociaciones. No debemos darles ni la ilusión de que algún día conseguirán algo «, declaró.

¿Y el centro? ¿Y la izquierda? ¿Se han movilizado en contra de estas declaraciones generando un furioso debate? Con algunas honrosas y modestas excepciones, lo que resulta sorprendente es que ni siquiera se han generado algunas débiles protestas.

Y lo más grave es que no dudamos de que muchos partidos apoyan una agenda de derechos humanos … si callan no es para colaborar … es porque creen que hablar del proceso de Paz con Palestina hoy no te hace ganar votos.

Por cierto, el pasado enero nevó sobre Jerusalén como hacía décadas que no sucedía.